miércoles, 19 de agosto de 2009

Discurso de Leandro Alem 13/04/1890

DISCURSO EN EL MITIN DE LA UNION CIVICA, REALIZADO EL 13 DE ABRIL DE 1890, EN EL FRONTON BUENOS AIRES.

Señores:
Se me ha nombrado presidente de la Unión Cívica, y podéis estar seguros que no he de omitir ni fatigas, ni esfuerzos, ni sacrificios, ni responsabilidades de ningún género para responder a la patriótica misión que se me ha confiado.

La misma emoción que me embarga ante el espectáculo consolador para el patriotismo de esta imponente asamblea, no me va a permitir, como deseaba y como debía hacerlo, pronunciar un discurso. Así, pues, apenas voy a decir unas pocas palabras, pero palabras que son votos íntimos, profundos, salidos, señores, de un corazón entusiasta, y dictadas por una conciencia sana, libre y serena.

Una vibración profunda conmueve todas mis fibras patrióticas al contemplar la resurrección del espíritu cívico en la heroica ciudad de Buenos Aires.

Sí, señores; una felicitación al pueblo de las nobles tradiciones, que ha cumplido en hora tan infausta sus sagrados deberes. No es solamente el ejercicio de un derecho, no es solamente el cumplimiento de un deber cívico; es algo más, es la imperiosa exigencia de nuestra dignidad ultrajada, de nuestra personalidad abatida; es algo más todavía, señores: es el grito de ultratumba, es; la voz alzada de nuestros beneméritos mayores que nos piden cuenta del sagrado testamento cuyo cumplimiento nos encomendaron.!

La vida política de un pueblo marca la condición en que se encuentra; marca su nivel moral, marca el temple y la energía de su carácter. El pueblo donde no hay vida política, es un pueblo corrompido y en decadencia, o es víctima de una brutal opresión. La vida política forma esas grandes agrupaciones, que llámeseles como ésta, populares, o llámeseles partidos políticos, son las que desenvuelven la personalidad del ciudadano, le dan conciencia de su derecho y el sentimiento de la solidaridad en los destinos comunes. Los grandes pueblos, Inglaterra, los Estados Unidos, Francia, son grandes por estas luchas activas, por este roce de opiniones, por este disentimiento perpetuo, que es la ley de la democracia. Son esas luchas, esas nobles rivalidades de los partidos, las que engendran las buenas instituciones, las depuran en la discusión, las mejoran con reformas saludables y las vigorizan con entusiasmos generosos que nacen al calor de las fuerzas viriles de un pueblo.
Pero la vida política no puede hacerse sino donde hay libertad y donde impera una constitución. ¿ y podemos comparar nuestra situación desgraciada, con la de los pueblos que acabo de citar; situación gravísima no sólo por los males internos, sino por aquellos que pudieran afectar el honor nacional cuya fibra se debilita. Yo preguntaría: ¿en una emergencia delicada qué podría hacer un pueblo enervado, abatido, sin el dominio de sus destinos y entregado a gobernantes tan pequeños y cuando el ciudadano participa de las impresiones de la vida política se identifica con la patria, la ama profundamente, se glorifica con su gloria, llora con sus desastres y se siente obligado a defenderla porque en ella cifra las más nobles aspiraciones. ¿Pero se entiende entre nosotros así, desde algún tiempo a esta parte?

Ya habéis visto los duros epítetos que los órganos del gobierno han arrojado sobre esta manifestación. Se ríen de los derechos políticos, de las elevadas doctrinas, de los grandes ideales, befan a los líricos, a los retardatarios que vienen con sus disidencias de opinión a entorpecer el progreso del país. ¡Bárbaros! Como si en los rayos de la luz ..como si en los rayos de la luz, decía, pudieran venir envueltas la esterilidad y la muerte!

Y qué política es la que hacen ellos!! El gobierno no hace otra cosa que echar la culpa a la oposición de lo malo que sucede en el país, y qué hacen estos sabios economistas!. Muy sabios en la economía privada, para enriquecerse ellos; en cuanto a las finanzas públicas, ya véis la desastrosa situación a que nos han traído.

Es inútil, como decía en otra ocasión: no nos salvaremos con proyectos, ni con cambios de ministros; y expresándose en una frase vulgar: 'Esto no tiene vuelta'.

No hay, no puede haber buenas finanzas, donde no hay buena política. Buena política quiere decir, respeto a los derechos; buena política quiere decir, aplicación recta y correcta de las rentas públicas; buena política quiere decir, protección a las industrias útiles y no especulación aventurera para que ganen los parásitos del poder; buena política quiere decir, exclusión de favoritos y de emisiones clandestinas!

Pero para hacer esta buena política se necesita grandes móviles, se necesita fe, honradez, nobles ideales; se necesita, en una palabra, patriotismo... Pero con patriotismo se puede salir con la frente altiva, con la estimación de los conciudadanos, con la conciencia pura, limpia y tranquila, pero también con los bolsillos livianos, y con patriotismo no se puede tener troncos rusos a pares, palcos en todos los teatros y frontones, no se puede andar en continuos festines y banquetes, no se puede regalar diademas de brillantes a las damas, en cuyos enos fementidos gastan la vida y las fuerzas que deberían utilizar en bien de la patria o de la propia familia!. Señores: Voy a concluir, porque me siento agitado. Esta asamblea es una verdadera resurrección del espíritu público. Tenemos que afrontar la lucha con fe, con decisión. Era una vergüenza, un oprobio lo que pasaba entre nosotros; todas nuestras glorias estaban eclipsadas; nuestras nobles tradiciones, olvidadas; nuestro culto, bastardeado; nuestro templo empezaba a desplomarse, y, señores, ya parecía que íbamos resignados a inclinar la cerviz al yugo infame y ruinoso; apenas si algunos nos sonrojábamos de tanto oprobio. Hoy, ya todo cambia; este es un augurio de que vamos a reconquistar nuestras libertades, y vamos a ser dignos hijos de los que fundaron las Provincias Unidas del Río de la Plata!

LEANDRO N. ALEM

jueves, 16 de julio de 2009

Profesión de Fe Doctrinaria

"La profesión de fe doctrinaria es el credo político centenario del radicalismo, expresando su contenido filosófico que le otorga permanencia como requisitoria transformadora, nutre los imperativos éticos, los grandes principios que inspiran su ideología, orientan su conducta ciudadana y guían su accionar político. Las Bases de Acción Política señalan las grandes direcciones de la Acción Política de la Unión Cívica Radical".

El Radicalismo es la corriente histórica de la mancipación del pueblo argentino, de la autentica realización de su vida plena en el cultivos de los bienes morales y en la profesión de los grandes ideales surgidos de su entraña. Hunde sus raíces políticas en lo histórico de la nacionalidad y constituye una requisitoria contra toda filosofía material de la vida humana y del destino de la Nación en el mundo.

Así el Radicalismo se identifica con las más nobles aspiraciones de los pueblos hermanos y lo argentino se articula y adquiere sentido esencial en la lucha emancipadora sudamericana y en el anhelo universal por la libertad del hombre.

Desde el fondo de nuestra historia, trae el Radicalismo su filiación, que es la del pueblo en su larga lucha para conquistar su personería. En la tradicional contienda que nutre la historia argentina, el Radicalismo es la corriente orgánica y social de lo popular, del federalismo y de la libertad, apegada al suelo e intérprete de nuestra autenticidad emocional y humana, reivindicatoria de las bases morales de la nacionalidad; es el pueblo mismo en su gesta para constituirse como Nación dueña de su patrimonio y de su espíritu.

Por lo tanto, la Unión Cívica Radical no es un simple partido, no es una parcialidad que lucha en su beneficio, ni una composición de lugar para tomar asiento en los gobiernos, sino el mandato patriótico de nuestra nativa solidaridad nacional y la intransigencia con que debe ser cumplido el sentimiento Radical indeclinable de la dignidad cívica argentina.
Esa es la razón por la que el Radicalismo es una concepción de la vida, de la vida toda del pueblo, y la Revolución Radical al plantearse partiendo del hombre y de su libertad, hace de la política una creación ética, invisible en lo nacional e internacional, que abarca todos los aspectos que al hombre se refieren, desde el religioso hasta el económico. Por eso el radicalismo no se divide según las parcialidades de clases, de razas ni de oficios, sino que atiende al hombre como hombre, con dignidad, como ser sagrado. Por eso para el Radicalismo los fines son inalterables: los de la libertad y los de la democracia para la integración del hombre, así como pueden ser variables los medios porque son instrumentos, y variables son las condiciones sociales de la realización nacional.

En el proceso transformador que vive el mundo, transfórmase también el Estado, pero el Radicalismo, centrado en su preocupación por el hombre, no puede invertir los fines del Estado, cuyo intervencionismo sólo puede referirse a la administración de las cosas y a los derechos patrimoniales, y no a los derechos del espíritu, morada de la libertad humana.

El mundo entero sufre de un mal profundo proveniente de no adecuar las posibilidades materiales a fines de emancipación del hombre. El Radicalismo cree que sólo una cruzada de honda pulsación humana por la liberación del hombre contra todas las formas degradantes del imperialismo y del absolutismo en todos sus aspectos, podrá salvar al hombre en su grave crisis; así como renueva su fe en el destino de los pueblos de nuestra grande hermandad continental, unidos en su libre soberanía, y luchando por conquistar, junto con los instrumentos de la liberación política, el sistema de garantías sociales, contra todos los privilegios económicos que ahogan la libertad y niegan la justicia.

domingo, 5 de julio de 2009

Discurso de Moises Lebensohn en el VI Congreso de la Juventud Radical de la provincia de Buenos Aires (30/11/1946)

El Radicalismo ante una definición vital

Hace cuatro años el Congreso de Chivilcoy señaló la crisis profunda de la política argentina, “cuyos conjuntos militantes no definían, desde hace mucho, la orientación ética ni el pensamiento político de las corrientes populares que debieron representar”. Estudió el proceso de formación de sus comandos políticos en razón de “capitales electorales”, con exclusión de causales cívicas, y demostró cómo esa desvirtuación del sentido democrático conducía inexorablemente al partido a la ineptitud para la lucha por ideales, a la restricción de sus objetivos al campo puramente político y formal, al quietismo frente al privilegio económico y social y al abandono del impulso emocional que le asignaba la tarea forjadora de la nacionalidad; es decir, a la cancelación de la función histórica.

La República vivía ya en trance pre revolucionario. El país real y el país político eran dos mundos ajenos entre sí. Las esperanzas populares no encontraron cauce en los canales partidarios. Las últimas promociones juveniles se mantenían alejadas de las fuerzas políticas.

La “máquina política”, la superestructura de los partidos, actuaba con fines propios. Sus intereses no coincidían con los intereses ideales que debía servir. Y sin partidos que reflejen las corrientes profundas de la ciudadanía, el juego institucional se convierte en juego de ficciones. En 1942, el pueblo de Buenos Aires no intentó votar. No fue necesario el fraude. Bastó el espectáculo parlamentario; su repulsa ante las maniobras de enfeudamiento económico; la distancia entre las aspiraciones públicas y los procedimientos prevalecientes; los cuadros cerrados; el apartamiento del pueblo de las deliberaciones y decisiones internas; el antagonismo entre el clima histórico de la época, que penetraba en las conciencias argentinas, y los móviles inferiores de las planas dirigentes.

Mientras tanto, la “vieja política” dominante en el partido actuaba tras un esquema muy simple. La ciudadanía debía optar: o gobiernos del fraude o del Radicalismo. Alguna vez, por mediación de vaya a saber qué factores providenciales, el régimen gobernante, consentiría en ceder graciosamente el ejercicio del poder, retornando a la legalidad. Y en ese momento, las posiciones internas habrían de traducirse en jerarquías públicas. Lo importante era conservarlas a todo costo, y eludir cualquier acción divergente de esta línea central o que pudiere debilitar la base heterogénea en que se sustentaba cada “situación política”. De ahí la ausencia del planteamiento de los problemas sustanciales de nuestra tierra y la esterilidad de la Cámara de Diputados, que tuvo durante tantos años mayoría opositora y el deber moral de sancionar una legislación valiente, de reforma a fondo de las condiciones de vida del país, para promover el enfrentamiento revolucionario del pueblo con el Senado y los Ejecutivos del fraude. La realidad fue otra bien distinta y amarga, y a medida que fue alcanzando al pueblo fue generando el escepticismo y la desazón.

El grito de Chivilcoy pretendió sacudir a la adormecida conciencia de responsabilidad de los titulares del aparato partidario. Reclamó el establecimiento de una interrelación fluida, constante entre los cuerpos directivos y las capas populares, y la promoción de una lucha ardiente por la reestructuración del país sobre nuevas bases de auténtica justicia. Con voto directo, representación de las minorías y régimen de incompatibilidades, el espíritu de insurgencia habría dado al Radicalismo un nuevo acento, y el estado de revolución –que ya existía en el país- hubiera encontrado su cauce en el partido. Nuestra voz fue una voz más, clamante, en el desierto.

Los cuadros de la vieja política se hallaban en tránsito hacia la disolución. Una nueva postergación de la perspectiva burocrática –el vínculo primordial de sus adherentes- hubiera sido fatal al sistema. Su falta de fe en la capacidad de acción del pueblo, el temor a la disgregación de su respaldo político y la situación internacional, les insinuaron caminos de extravíos.

Comenzó a tejerse sutilmente la coincidencia en torno a la candidatura presidencial del gran corruptor de la civilización política argentina; del militar que organizó el régimen de la mentira institucional y habría de aparecer como el rehabilitador del sufragio libre. Tenía fuertes puntos de apoyo en las facciones gobernantes. Se hallaba definido abiertamente a favor de las Naciones Unidas. Contaba con la colaboración exterior y su influencia interna. Era bienquisto entre las fuerzas del privilegio nacional e internacional, que florecieron durante su período. Disponía de ubicaciones estratégicas en la administración; el ministro de Guerra era su amigo y en el Ejército le sostenía el entrelazamiento de afectos e intereses anudado en el curso de su vida castrense.

A la luz de la experiencia actual es indudable que, de no haberlo interferido la muerte, el plan hubiera logrado el éxito con la participación final de gran parte de los núcleos dirigentes de nuestro partido. Trastabilló un tanto cuando el ministro de la Guerra, amigo del ex presidente, fue sustituido por otro general, que en el pensamiento del doctor Castillo habría de realizar un adecuado reajuste de los comandos, y concluyó abruptamente cuando una mañana el país se enteró de la muerte repentina del general Justo.

La tónica radical quedó tan resentida después de este proceso penoso, que la Convención Provincial de Buenos Aires llegó a votar una declaración a favor de una fórmula presidencial extrapartidaria, vale decir, de ciudadanos cuya despreocupación por la suerte de la República les mantuvo alejados de la militancia cívica. Castigábase así la firme lealtad radical del doctor Pueyrredón, candidato virtual a la Presidencia. Esto ocurría hace sólo cuatro años, en el Radicalismo de Buenos Aires, en el Radicalismo de Hipólito Yrigoyen.

Reunióse la Convención Nacional; votó la Unión Democrática; fracasó la tentativa de fórmula extrapartidaria; un delegado de Buenos Aires propuso la adopción de métodos democráticos –voto directo y representación de las minorías- al cuerpo que acababa de votar el acuerdo de partidos para salvar la democracia: la Comisión de Carta Orgánica, por sugestiones de esta provincia, se negó a formular despacho; se suscitó un conflicto en la Comisión ínter partidaria, y de pronto se produjo una prolongada “impasse”. A su término el país supo que altas figuras del Radicalismo habían mantenido entrevistas vinculadas a la candidatura presidencial con el ministro de Guerra del doctor Castillo, el general escogido para montar la máquina favorable a la política “de la unanimidad de uno” y que en el ejercicio de la cartera resultó montando otra máquina… Pidió el general Ramírez setenta y dos horas para consultar a sus camaradas; se enteró el presidente; destituyó al ministro y las tropas de Campo de Mayo avanzaron sobre la Casa Rosada. Sonaron las sirenas de los diarios; los comités dispararon bombas de estruendo, convocando a celebrar la caída del fraude. El pueblo pasó frente a los comités y se detuvo ante los diarios; era ya un pueblo que no se sentía ligado al partido.

Dejemos de lado la pugna entre las camarillas internas militares, su contienda aviesa y despiadada por el poder, su desprecio por los derechos de la dignidad humana, su convicción del triunfo de las armas agresoras y el oportunismo amoral que inspiraba su determinación de mantener la dirección del Estado hasta la definición de la guerra: todo cuanto la dictadura vejó y humilló a la República. Ocúpenos el pueblo y el Radicalismo.

La caída del régimen del fraude marcó el afloramiento de las grandes aspiraciones, de los grandes anhelos que trabajaban silenciosamente el espíritu de los argentinos. El país ansiaba una vida nueva; la dignificación de sus costumbres políticas; la eliminación de los vicios y fallas que habían subalternizado la existencia pública. El desprecio envolvía al pasado. Un nuevo sentido moral y un “elan” nacional surgían de la ciudadanía. Se hallaba apartada de los organismos del partido; pero se sentía vinculada a la tradición histórica del Radicalismo. Era el momento de las ideas creadoras, de las rectificaciones fecundas, de la sintonización de los reclamos nacionales. Y fue, desgraciadamente, un momento que ahondó la escisión entre el pueblo y la máquina del partido. Divorciada de la realidad, permaneció insensible a la gran emoción de la hora. No pudo ser de otro modo. En sus métodos, educación y fines pertenecía a un tiempo superado. En sus manos el partido carecía de contenido actual.

Quisimos llevar nuestro sentir al escenario partidario. El 20 de febrero de 1944 la Junta Ejecutiva concretó en un programa las aspiraciones de la juventud. Reforma política: estatuto de partidos y de la administración pública, que asegure sus neutralidad alejándola del juego de partidos; régimen de represión de la venalización de sufragios. Plan concreto de construcción nacional. No una simple plataforma: un plan, es decir, la exhibición precisa de los arbitrios, recursos y etapas a cubrir escalonadamente en el primer período constitucional, destinado a lograr, con la “intervención, la deliberación y decisión del pueblo”, las finalidades esenciales de la transformación revolucionaria de nuestra sociedad: reforma agraria, inmediata y profunda; reforma educacional, que abra efectivas e iguales oportunidades a todos los argentinos; régimen de organización y seguridad social; política de recuperación económica, con el monopolio del Estado, ejercido por sí o delegado en su caso a cooperativas de consumidores o productores, de servicios públicos, combustible, energía, seguros, movilización y centralización de los sectores esenciales de la producción; reforma financiera; política económica, etc. Y para ser órgano de acción ciudadana, la reconstrucción del partido, la renovación de valores en sus cuadros directivos y su reestructuración que convierta al hombre del pueblo en actor y no espectador de las decisiones partidarias. Esta tarea –dijimos- demanda el esfuerzo de todos los radicales, sin exclusiones, mas únicamente podrán encauzarla hombres nuevos con nueva mentalidad, sin responsabilidad en los errores del pasado. La agitación apasionada de un plan delineado sobre bases semejantes hubiera proporcionado al partido las grandes consignas de la movilización popular y cohesionado la difusa voluntad de reformas en un movimiento arrollador.

El sistema caudillesco dormitaba confiado en sus efectivos electorales. Había estado veinte años corroyendo el sentido cívico y sumando sufragios en función de afectos, intereses o servicios, de pequeñas conveniencia de personas o grupos. El régimen dictatorial no tuvo más que ensanchar e intensificar el sistema, con todos los resortes del Estado, para recoger los mismos beneficios. La armazón partidaria levantada sobre estos cimientos cívicamente deleznables, reeditó el mito del gigante de los pies de barro. La lucha por los ideales fundamentales constituía una gimnasia para la cual no tenía vocación ni entrenamiento la mayor parte de ese ejército electorero. El destino le deparó una suerte paradojal. La paciente tarea de deformación cívica sólo le valió al adversario.

Y en la hora de la prueba, lo único fértil fue precisamente lo que siempre se descartó: la capacidad de actuar, con prescindencia de los intereses personales, al servicio de principios.

La dictadura utilizó una fraseología revolucionaria, declamó su demagogia anticapitalista y atacó a la clase dirigente, beneficiándose con su merecido desprestigio popular. No era un movimiento revolucionario, sino contrarrevolucionario. Sólo intentaba frenar el impulso de transformación social, que es el signo de la época, con reajustes que mantuvieron inalterables las relaciones de producción capitalista: una amortiguación en el régimen del privilegio tendiente a fortalecerlo y a identificarlo con el Estado. Su propio líder no se recató en confesarlo en su discurso de la Bolsa de Comercio. Nuestra máquina política, aferrada a sus contradicciones de origen, no quiso comprender que estábamos viviendo la dinámica de una revolución –el episodio argentino de la revolución mundial-, de la cual la de Junio era una fase negativa, “la revolución-contra”, que llamara Mac Leish, pero una fase, en fin, del proceso revolucionario. La defensa de sus intereses creados condujo a nuestra máquina política a la defensa conjunta del sistema de intereses creados que en todos los órdenes de la vida argentina, en lo cultural, en lo económico y social, clausura los horizontes de la República. De representar a la “causa” en oposición dialéctica contra el “régimen”, pasó a ser un sector del “régimen”, de la clase dirigente.

En las democracias en lucha, las fuerzas conservadoras pretendieron diferir las reformas económicas y sociales hasta la derrota del nazismo. “Nada debe interponerse hasta eliminar la amenaza contra la civilización”. Pero el canto de sirena no sugestionó a los líderes progresistas que sufrieron la experiencia de la otra conflagración. La guerra debió librarse con un sentido revolucionario, como condición de victoria. Inglaterra, en pleno combate por la existencia nacional, libró combate paralelo contra el privilegio nacional: nacionalización de los yacimientos de carbón, Plan Beveridge, reforma educacional. Aquí la solución fue opuesta. Privó el pensamiento conservador, reincidente en su táctica suicida de blandir grandes palabras y eludir la lucha contra la injusticia económica. Su gran preocupación consistió en atraer a los estancieros conservadores, mientras las peonadas, carne del Radicalismo, siguieron otros caminos. No se trata de errores. A cierta altura de la vida y de la experiencia universal no se cometen tantos errores. Fue una actitud coherente y consciente, que nacía de una identificación de intereses y de criterios.

La dictadura y la dirección opositora complementaron su juego. Encerraron mañosamente al pueblo en un dilema irreal. Justicia social, por una parte; orden constitucional por la otra, cual si fueran términos antitéticos. Una engendró su justicia social en la abominación de la libertad; la otra pospuso para un incierto y brumoso mañana la respuesta a los interrogantes populares.

Se refugió en la legalidad, trinchera del “status quo” económico y social, y debió fracasar porque el “status quo” era indefendible. Así abandonó al continuismo, que las agitó como señuelos, sin sentirlas, las banderas del mundo naciente y las consignas tradicionales del partido: la lucha contra la oligarquía y los imperialismos. En febrero de 1944 –dos años antes-, la Juventud Radical exponía: “Se intenta un sinuoso planteo: o la vieja política o fascismo pseudos-nacionalista. Afirmamos la falsedad del dilema, que sólo nos conducirá a una encrucijada dramática.” La previsión se cumplió, infortunadamente, y el 24 de febrero el hombre de la calle, absorto y confuso, debió escoger su futuro en el centro de esa encrucijada.

Dentro del cuadro post-eleccionario alienta un factor confortante. La mayoría de los ciudadanos que entregó sufragios al continuismo tiene nuestros mismos ideales. Se nutre de nuestros mismos ideales. Se nutre de nuestras mismas aspiraciones nacionales.

No podía conocer la magnitud del proceso de revitalización del Radicalismo que está recuperando al partido. Fracasaron las tácticas, los comandos, el sistema: no los ideales.

Pronto comprenderá que corrió tras un espejismo. Quería una revolución democrática, nacional, de trabajadores. Le ensordeció el redoble de las consignas históricas de liberación económica y social. Pero la realidad le está demostrando cómo respaldan al gobierno todas las fuerzas reaccionarias; cómo, con las elecciones, concluyó el pregón de reforma agraria; cómo se arrojó el disfraz antiimperialista, en la negociación telefónica y en el pacto Miranda-Eady; el sistema ferroviario permanece bajo el control extranjero, la nacionalización de los servicios públicos, antes declamada, se reduce a la trivialidad de “una moda” y los feudos del capital internacional restan intocables. El régimen gobernante descubre su verdadera índole. A la oligarquía terrateniente sustituyó otra, financiero-industrial. El planeamiento propuesto tiende, ante todo, a intensificar su desarrollo e influencia. Sus hombres de empresa ejercen poderes de dictadura económica, apuntalan sus privilegios y ubican sus beneficios, asociándose al Estado en sociedad mixta. Al gremialismo dirigido sigue una cultura dirigida y constantemente se advierte la confusión totalitaria del Estado y el partido. Asoma el ideal prusiano de potencia.

Mientras el gobierno descubre su juego, el Radicalismo enfrenta una definición vital. Está en marcha la “revolución-contra”, destinada a desarrollar y consolidar nuestra estructura capitalista. El nuevo régimen se afianza, pactando entendimientos con los sectores oligárquicos argentinos y extranjeros y tejiendo su propia red de intereses.

El orden de privilegios superado era estático, conservador, quietista, partidario de la libre iniciativa y la libere concurrencia. El nuevo, dinámico, agresivo, se liga al Estado, usufructúa su respaldo y se expande bajo las seguridades de su protección.

El partido puede combatir la gestión oficial en nombre de la libertad económica, señalar sus despilfarros, sus agresiones institucionales dentro del arsenal de palabras y de ideas de fin de siglo, reduciéndose a un simple movimiento opositor. Y entonces trabajará directamente a favor del tipo de política que acaba de derrotar a la columna, sin jefe, del New Deal. Se convertiría en el partido conservador argentino, en la fuerza política de las derechas, que tanta gravitación ejercieron en su dirección en los últimos años. Se trastocaría en fuerza contrarrevolucionaria, en la equivalencia argentina del partido republicano de los Estados Unidos o del conservadorismo británico, legalista, institucionalista, amigo de la libertad en cuanto ésta coincida con los intereses de los sectores que tienen la realidad del poder. A esa posición tiende naturalmente, por inclinación congénita, el sistema de intereses creados en el partido y fue la que prevaleció en la última década.

Este partido podrá usar su nombre, pero no será la Unión Cívica Radical, tal cual la siente y la entiende el pueblo.

A este género de oposición seudo-democrática fustigó Benes al analizar los factores del triunfo transitorio de las tendencias totalitarias. “No basta –dijo el líder checo- con oponerse al autoritarismo, con predicar la democracia o hablar laudatoriamente de la libertad de los hombres y de las naciones. Debe tenerse una recta concepción de la democracia como teoría y, a la vez, el valor de poner esa teoría en la práctica, recta, justa y valerosamente. De otro modo, todas esas palabras pomposas sobre la democracia no son más que palabras vanas, palabras y nada más que palabras, para encubrir los más vulgares y egoístas intereses de las clases, los partidos e individuos dirigentes.”

Se dirá, con entonación romántica, que el partido no puede apartarse de la trayectoria demarcada por sus fundadores, los partidos no son otra cosa, en cada época, sino lo que quieren sus equipos activos, pueden colocarlos a contramano de la historia o de su origen. Evolucionan o se extinguen. El partido republicano, con Lincoln como fuerza progresista, ocupa ahora el polo reaccionario. Y en nuestro país, agrupaciones tradicionales que fueron instrumento de avance ideológico, terminaron diluyéndose en el conservadorismo. Esta divergencia entre los fines del partido y su sentido popular constituyó el drama reciente del Radicalismo. Como sus cuadros activos no reflejaban el pensamiento del pueblo radical exigimos voto directo y representación de las minorías. El hombre del pueblo hubiera mantenido la línea tradicional y el país no habría sufrido las dolorosas alternativas que derivaron de su desviación.

Puede el partido, en cambio, combatir la gestión oficial, señalando las lesiones que infiere a los intereses eminentemente populares, la falacia de su obrerismo, sus contradicciones íntimas, sus negaciones de las libertades políticas y culturales, mas no como un mero movimiento de oposición, sino como una fuerza constructora de la nacionalidad que tiene su propio camino y sus propios fines, y que actúa con objetivos nítidos, con claro sentido revolucionario, con pasión de pueblo, propendiendo a la transformación fundamental de las instituciones.

¿Fuerza revolucionaria o contrarrevolucionaria? Detrás de todos los eufemismos, ahí reside el problema. Si en lo futuro privara el pensamiento conservador, el pueblo habría de perder definitivamente el órgano fundamental de su expresión política y una nueva perspectiva sombría se levantará en el país. Si se afirma su sentido histórico, los días próximos serán de lucha, pero inevitablemente victoriosos para la causa del pueblo. Plantear el problema en sus verdaderos términos no implica afectar la unidad, como pretenden quienes quieren cubrir con un manto de palabras la realidad radical. Dos fuerzas antitéticas no se suman, se restan. No existe unidad sin unidades de doctrina y de conducta, ni puede combatirse al continuismo de la dictadura sin combatirse al continuismo del sistema que trajo la dictadura.

No hay mejor favor al sistema gobernante que el mantenimiento de las condiciones que debilitaron al partido ni peor daño que la supresión de esas condiciones. El Radicalismo no será una fuerza orgánicamente revolucionaria si no las extirpa de su seno. No es una lucha contra hombres o grupos de hombres. Es una lucha contra un modo de pensar, contra un modo de actuar, contra procedimientos y fines que han intentado desnaturalizar las esencias del Radicalismo, frustrando sus inmensas posibilidades y provocando sufrimientos irreparables al país. Pero es una empresa seria y difícil. La resistencia de los intereses creados es tenaz, sutil y poderosa, adopta mil formas cambiantes, se enlaza con todas las formas de la vida conservadora argentina, es implacable cuando dispone de los resortes del poder –dos generaciones radicales fueron trituradas entre los engranajes de la máquina- y en la hora del contraste que sus contradicciones intrínsecas gestaron, se agazapa en los vericuetos reglamentarios, se viste con la túnica de las grandes palabras y clama en su auxilio por los sentimientos de solidaridad, como si se tratara de un insignificante problema de personas. Levantó como única bandera, la bandera de la legalidad, para no herir los caros intereses del privilegio y acudió al comicio decisivo, después de haber violado, en la mayor parte del país, los principios sustanciales de la legalidad interna. Las normas democráticas de la Carta Orgánica de 1931, a quince años de sanción, no tuvieron plena vigencia, ni tampoco el compromiso contraído ante la historia y ante el país en la resolución de octubre de 1945. Aun no se aplican las bases de la Organización Nacional de la Juventud dictadas en 1939. Siete años después, la ley del partido no rige en el partido.
Es una lucha seria y difícil. Es una lucha que debe comenzar por librarse dentro de cada uno de nosotros, pero es la lucha indispensable para la pervivencia del Radicalismo, el paso previo para dotar al país de la gran fuerza forjadora de su porvenir. La caducidad de los actuales organismos, exigencia perentoria y signo visible de la iniciación de una nueva etapa, sólo abre una posibilidad. Necesitamos un nuevo espíritu, que no es otro sino aquel viejo espíritu que dio nombre al partido, designándolo con la virtud esencial del civismo; nuevos procedimientos que solo exciten en la ciudadanía los sentimientos de responsabilidad nacional; una nueva estructura, que otorgue siempre el poder de decisión, clara y concretamente al hombre del pueblo, en quien creemos y confiamos; y una permanente decisión de lucha contra todos los intereses y todos los privilegios, por la creación de las condiciones del desarrollo nacional y del bienestar social, de la liberación política, económica y cultural de nuestros hombres y mujeres; una democracia humanista y militante en la tierra de los argentinos. Es una gran tarea para un gran partido. Vive en la gesta de sus fundadores; en los sacrificios de millares de combatientes abnegados y anónimos que consagraron sus vidas al servicio de este ensueño de redención nacional; en la esperanza de los seres humildes que pueblan nuestros campos y ciudades. Con fe profunda en su futuro y en la prevalencia final de nuestros ideales, con la voluntad encendida de consumar los duros trabajos de construcción de un país, levantemos al viento la vieja bandera radical y marchemos hacia el porvenir.

martes, 16 de junio de 2009

Discurso de Alem en el Mitin de la Juventud en el Jardin Florida el 19/09/1889

Conciudadanos:
Quiero, ante todo, saludaros con el mayor entusiasmo, y luego, de inmediato, pedir a esta altiva y generosa juventud que me perdone por el juicio que de ella me había formado, pues confieso que no hace muchos meses, y en una carta que dirigía a un antiguo y valeroso compañero de las luchas cívicas y actualmente en Europa, le expresaba la profunda decepción que me inspiraba la actitud de la juventud tratándose de la cosa pública.
Ya no hay jóvenes en la república -le decía; los ideales generosos, las iniciativas patrióticas no cuentan con su apoyo ni con su entusiasmo; los que se titulan jóvenes no lo son sino en la edad, porque cuando se les habla de la patria, de los sacrificios patrióticos o del cumplimiento de los derechos cívicos, reciben esas palabras con un solemne desprecio, considerando que tales asuntos sólo pueden preocupar la mente de los ilusos, de los líricos, cuando no dicen de los tontos; y agregan que en nuestros días la política ha cambiado de giro y que hay que ser más prácticos, adoptando otra política basada en el positivismo y titulándose, los que de tal manera piensan y proceden, hombres prácticos, grandes políticos, sabios y de talento.
Fue señores, en presencia de estos hechos que mi espíritu entrevió los grandes males que surgían del falseamiento de las instituciones, y que yo creía que la juventud miraba indiferente y por eso me expresaba en palabras tan amargas con respecto a la situación política del país.
Pero ahora, y en presencia de este movimiento reaccionario iniciado por la juventud, he comprendido mi error, y al comprenderlo me complazco en exhortar a esta misma juventud valiente y decidida, a continuar con orgullo la senda que señalaron con su sangre y con su ejemplo todos nuestros gloriosos antepasados!
¡Ah! Señores, nada satisface más íntimamente y retempla mejor el espíritu, que recordar con acentuada veneración los esfuerzos desinteresados y patrióticos de aquella juventud, que abandonando la cuna de sus más caras afecciones, cortando algunos el curso de sus carreras universitarias, y despreciando todos sus intereses personales, corría, llena de bríos y de santo patriotismo, a formar en las filas del ejército, que se coronaba de gloria en las batallas libradas por la libertad y el honor nacional!
Yo nunca olvidaré la noble y altiva conducta de la juventud argentina, cuando corrió presurosa hasta los campos sangrientos del Paraguay; y allí, entre los fulgores rojizos del combate exterminador, cada joven luchaba heroicamente y moría con sonrisa plácida, saludando con su última mirada las fajas gloriosas de nuestra bandera!
Y bien, señores; al terminar, os confieso que mi corazón se llena de alegría en presencia de este movimiento varonil, noble y levantado de la juventud, que así demuestra que posee la más grande cualidad del hombre: el carácter.
Conservadlo siempre puro, moral y justiciero; no desfallescais en esta grande obra que iniciais llena de fe y de entusiasmo, y si alguna vez necesitáis la ayuda de un hombre joven de largas barbas, pronunciad mi nombre, y correré presuroso a ocupar mi puesto con el ardor, la fe y la esperanza de los primeros años!




LEANDRO N. ALEM
19 de Septiembre de 1889

sábado, 13 de junio de 2009

Lucha y Conducta: Moisés Lebensohn a 56 años de su muerte

Moisés Lebensohn, nació en Bahía Blanca el 12 de Agosto de 1907, proveniente de familia humilde, se inclinó desde joven al periodismo, en 1931, apenas recibido de abogado, fundó el Diario Democracia en Junín, ciudad que tomó como adoptiva desde muy temprana edad.

Los inicios de su militancia política lo vieron con un breve paso por el socialismo afiliándose poco tiempo después a la Unión Cívica Radical, identificado fuertemente con los principios ideológicos del yrigoyenismo brindó su vida predicando la doctrina, el sacrificio y la conducta de Alem e Yrigoyen.

Sostenedor del yrigoyenismo y partidario de profundizar las conquistas sociales de este, se opuso a los mecanismos fraudulentos de la llamada "década infame" (1930-1943)

Moisés Lebensohn, amante de la democracia y de la lucha por conseguir la igualdad y la libertad, Alimentaba la necesidad de políticas de profunda reforma económica, incluyendo la nacionalización del petróleo y la reforma agraria. Alineado con el sector de raíz más popular del radicalismo, que entonces encabezaba Amadeo Sabattini, junto con otros jóvenes como Ricardo Balbín, Arturo Frondizi, Arturo Illia, Crisólogo Larralde y Alejandro Gómez, conformó el Movimiento de Intransigencia y Renovación (MIR), un grupo opositor a la vieja dirigencia partidaria.

Lebensohn sostenía que el radicalismo de entonces carecía de "ejemplos morales y coraje para hacer reformas vitales de justicia social, que afectan intereses económicos". Junto con los otros dirigentes juveniles del MIR, Lebensohn impulsa un programa transformador que adquiriría forma en el V Congreso de la Juventud Radical en Chivilcoy, en mayo de 1942. Este programa, así como el llamado "programa de Avellaneda" de 1943 y el del Congreso de 1944, serían posteriormente en 1948 incorporados casi totalmente como Bases de Acción Política de la UCR.
En la Declaración de Avellaneda se expresan las necesidades básicas del pueblo argentino especialmente de los obreros.

En los aspectos más destacados la declaración planteó: el derecho a la vida, el seguro nacional obligatorio, la libertad de agremiación y de huelga, la reiteración de la vigencia de la reforma universitaria, la soberanía política y económica del país y la necesidad partidaria de declarar su doctrina y convocar a los hombres que por su conducta puedan servirla.
Fue un gran luchador contra el régimen, ese régimen respaldado por las economías modernas de la vieja Europa, dominado económicamente y que favorecía a la "alteración Nacional" a través de políticas cambiantes en torno a beneficiar a minorías privilegiadas.

Existieron hombres en la política que luchaban contra esa ideología antinacionalista y antiprogresista que planteaba el régimen. Moisés Lebensohn fue uno de ellos. Para la juventud argentina fue considerado "el maestro". Esa juventud que no desempeñaba ningún papel en el partido y que ante sus reclamos no se sentía contenida, fue guiada por un hombre de estudio que nunca abandonó la causa por la que luchaba.


El 13 de junio de 1953 con apenas 45 años, pronunciaba sus últimas palabras "No debo morir", y moría.

Nosotros jóvenes de una Argentina muy golpeada y con heridas que aún no cierran, tenemos el compromiso y la responsabilidad de seguir el camino que nos dejó y marcó Moises Lebensohn.

Debemos servirnos de la posibilidad de luchar por una Argentina soberana, democrática, en donde reine la justicia, la libertad y la igualdad, en donde se respete la patria y en donde exista un sentimiento nacional masivo capaz de emancipar al país de la cultura que nos oprime.

Por todo esto y mucho más no podemos olvidarnos de Lebensohn, y debemos continuar por la causa del pueblo, esa causa que tanto identifico al Radicalismo desde su nacimiento, esa causa por la que tantos hombres del radicalismo como Alem, Yrigoyen, Larralde, Lebensohn, Illia, Balbín, Alfonsín y otros tantos han Luchado.

Y como dijo para todos los radicales de todos los tiempos (de ayer de hoy y del futuro) Moisés Lebensohn:

“Doctrina para que nos entiendan, conducta para que nos crean”

miércoles, 10 de junio de 2009

Palabras de Ricardo Balbín en el aniversario de la muerte de Honorio Pueyrredón

Cementerio de la Recoleta, 23 de septiembre de 1946

"Vengo a traer la palabra de amistad de la Provincia de Buenos Aires. Venimos a este lugar a encontrarnos con nuestros muertos; con nuestros magníficos muertos, no porque ellos lo necesiten, no porque ellos precisen de nuestros homenajes ... venimos aquí porque nosotros los necesitamos. Somos nosotros los que sentimos la imperiosa necesidad de acercarnos a ellos para que nos muestren el derrotero a seguir.

Había hecho Pueyrredón de la amistad el culto de su vida. Se retiró de los puestos, cuando más lo necesitábamos en homenaje a su concepto sobre la amistad y hubo quienes supieron aprovechar de esa virtud del doctor Pueyrredon para ocupar puestos que no merecían y que a mal camino conducía. Ese fue el llamado "error de Pueyrredon", el error de ser leal en un clima de desleales.

Pueyrredón no necesita este acto, porque está en el corazón de todos los argentinos, pero existe necesidad de asistir a este acto para hablar íntimamente.

Voy a leer sus propias palabras, año 1934. Decía Pueyrredón: 'La Unión Cívica Radical es una fuerza espiritual; un estado de conciencia; radica en el alma del pueblo; el Radicalismo es hoy como lo fuera otrora una esperanza de redención social. Si llegáramos a defraudarle, si por falta de comprensión de sus hombres dirigentes no marcáramos en la acción futura de gobierno, rumbos y procedimientos nuevos que lleven la gran premisa de asegurar la mayor felicidad al mayor número; si no hemos de empeñarnos y crear un estado medio entre la riqueza y la miseria, de modo que el pobre tenga asegurado un mínimo de bienestar, con pan, escuela y trabajo, y el que lo ha conquistado viva libre del miedo de perderlo; si no hemos de hacer lo bastante, para no contemplar el espectáculo de ver levantarse a diario nuevas ciudades, en las que mientras el obrero con sus manos construye palacios, no asegura para su cabeza un solo techo, si no hemos de reivindicar el ideal de civilización moderna, de que el obrero sea el elemento esencial y el asociado de la industria; de que el hombre está primero que la máquina y primero que el producto, y que para una Nación fuerte hacer dinero es menos importante que formar hombres; si no hemos de hacer eso, días nebulosos podrán venir para la paz social de la República".

Esto lo dijo Pueyrredón en 1934 y sus palabras quedaron en un rincón, y digamos la verdad, nos apartamos de esa línea de conducta que nos trazó y hoy estamos pagando las consecuencias.

Los hombres jóvenes del partido saben que los muertos ya no dan nada, pero también saben que los muertos han dejado consignas y que esas consignas deben hacerse realidad en el país para ventura de la República.

Dr. Ricardo Balbín

miércoles, 3 de junio de 2009

Hacia la Democracia Social 7/08/1992

Manifiesto Fundacional
Hacia la democracia Social

Hay tiempos históricos que son determinantes para el desarrollo de la Nación. Este es uno de ellos. La sociedad Argentina debe optar entre el orden conservador que se le propone desde el gobierno o la democracia social. Hay millones de argentinos que quieren la estabilidad, el crecimiento económico y la integración al comercio mundial, pero saben que –para alcanzar estos objetivos- es imprescindible tener un Estado fuerte, garantizar la seguridad jurídica de los ciudadanos, integrar el territorio, desarrollar la infraestructura, realizar un formidable esfuerzo educativo, industrializar el país, evitar la formación de monopolios privados, distribuir equitativamente el ingreso y asegurar el bienestar.

En la actualidad estamos transitando una etapa donde el sector dominante ha generado una nueva ideología que se asienta en la afirmación antojadiza de que, precisamente, “las ideologías han muerto”. Consecuentemente en la sociedad que ellos pretenden imponer no tienen cabida la historia, los principios, los valores, las utopías. Emergen entonces excluyentemente el realismo, el pragmatismo, la eficiencia, el mercado, en definitiva el individuo aislado. El pensamiento neoconservador ha ganado terreno también en nuestro medio como lo hizo en otros lugares del mundo. Impulsa que la política esté tan escindida como sea posible de las justificaciones morales, por ello no tiene límites en su insolidaridad, en su cinismo, y en su inmoralidad.

Frente a esta filosofía de la resignación alentada para servir a los poderosos; de la desintegración de la sociedad para servir a las corporaciones; de la apatía para garantizar el gobierno de las elites, nosotros levantamos la opción que representa a millones de argentinos que se niegan a tener que elegir entre la eficiencia y la justicia. Son los que rechazan el dogma que tratan de imponerles, los que no creen que las leyes de la economía exijan abandonar a los ancianos, desatender a los enfermos, olvidarse de los estudiantes, e ignorar a los desocupados.

Son los que saben que los países más prósperos lo son porque han invertido en su gente.

Son los que saben que las economías más competitivas, las más productivas, las más innovadoras, las más exportadoras, las más exitosas son aquellas que han invertido en educación, en salud, en vivienda, en infraestructura, en definitiva en cuidad y promocionar a sus recursos humanos.
Son los que tienen en claro que hubo quienes primero desestabilizaron la economía para después asegurarse la estabilidad en su propio beneficio; son los que tienen en claro que hubo quienes antes no dejaron privatizar bien para después convertir a la privatización en el negocio de unos pocos: son los que tienen en claro que hubo quienes buscaron paralizar el país para luego rematarlo.

Para representar a esos millones de argentinos necesitamos un radicalismo con la claridad y la determinación que le permita luchar por un modelo que concilie la eficiencia con la justicia. Por eso nace el MOVIMIENTO PARA LA DEMOCRACIA SOCIAL.

Sabemos que fortalecido el partido su obligación consiste en encontrarse con otros sectores. A la fuerte alianza del neo conservadorismo hay que oponerle una fuerza capaz de disputarle al gobierno, para ejercer el poder y transformar la realidad.

Toda encrucijada para el país, también ha sido un desafío para el radicalismo. Nosotros queremos recorrer el camino que nos hicieran transitar con su capacidad anticipatoria y con su compromiso con lo nacional y popular Yrigoyen, Lebenshon, Larralde, Illia y Balbín.

Para recorrerlo debemos ser solidarios no solo entre los que pensamos parecido, sino también entre los que estamos dispuestos a actuar parecido. Debemos ser solidarios con nuestro pueblo, que nos dio origen y nos nutre, y al que debemos representar sin especulaciones. Debemos ser solidarios con su historia de lucha y ejemplos.

La tarea es inmensa pero hay que afrontarla. Como tantas veces. Como cuando teníamos la esperanza de alcanzar la libertad y el Estado de Derecho. Ahora detrás de una nueva esperanza: la de una DEMOCRACIA SOCIAL.

Estamos convocados y nos ponemos en marcha.


Buenos Aires, 7 de Agosto de 1992.-

martes, 2 de junio de 2009

Manifiesto de la Unión Cívica al Pueblo de la República 2/07/1891

Conciudadanos:
El desarrollo de acontecimientos graves y precipitados en los últimos días, colocan al Comité Nacional de la Unión Cívica en la necesidad de dirigir el presente manifiesto a sus correligionarios y a los pueblos de la república, explicando esos sucesos y presentando las vistas políticas del cuerpo que gobierna los intereses generales del partido, en presencia de los nuevos horizontes y de la escisión producida en el seno de nuestra comunidad, por los partidarios de una conciliación con el oficialismo.
Una minoría del Comité Nacional, formada por los partidarios del acuerdo con la agrupación dominante, acaba de romper la unidad de la Unión Cívica, y, llamándose Comité Nacional de la misma, ha resuelto reorganizarla, aprobar el acuerdo mencionado, y convocar la Convención del Rosario, con idéntico fin, a lo que se agregará la minoría en caso necesario.
La causa fundamental que ha impulsado sus resoluciones, consiste en las resistencias que encontraba el acuerdo en el seno de la Unión Cívica, y se comprende que el propósito claro de sus procederes, es imponerlo al país, como una necesidad suprema.
Es el caso de recordar el carácter esencial de la Unión Cívica y los trabajos personalistas que desnaturalizando el programa de nuestra institución, han hecho dentro de la misma algunos de los amigos del general Mitre, hasta llegar a la escisión actual.
La Unión Cívica fue desde un principio la coalición de los hombres de bien, vinculados para destruir el sistema de gobierno imperante, que ha producido tan graves perturbaciones en la República. La bandera y su programa de principios, enarbolados como enseñas de redención nacional, fueron aclamados con entusiasmo patriótico de un extremo a otro de nuestro territorio.
Ese programa excluía todo personalismo, y sobre la influencia de los caudillos, sobre el prestigio de los hombres, agitaba algo más grande y levantando, un credo político, que perseguía el predominio de las ideas y de la instituciones. La campaña de la Unión Cívica no era contra un hombre ni contra individuos determinados, sino contra todo un régimen que había subvertido las leyes y producido la ruina general.
La Unión Cívica no se había formado alrededor de ninguna personalidad determinada, ni se proponía como objetivo de sus ideales y de su programa, la exaltación de un hombre al mando; ella debía destruir el funesto sistema de la opresión oficial, buscando el restablecimiento de las instituciones, la honradez gubernativa, la libertad del sufragio y el respecto a la autonomía de los municipios y de las provincias. Las personalidades eminentes de su seno debían inclinarse ante ese programa y prestarle acatamiento.
Y este programa y la impersonalidad de la institución era y es la verdadera aspiración nacional, lo que constituye su fuerza incontrastable.
No lo entendieron así los que a toda costa querían proclamar la candidatura del general Mitre y cuando se extendieron los trabajos políticos a las provincias después de la Revolución de Julio, procuraron obstinadamente restaurar dentro de la Unión Cívica el antiguo partido que aquél acaudillara, con cuyo propósito formaban organizaciones especiales, anunciaron su separación si no se proclamaba esta candidatura, y llegaron hasta oponerse a la Convención del Rosario, que si como todos lo reconocen, representa un progreso en nuestras costumbres políticas, fue debido al esfuerzo y miras nacionales, a los verdaderos cívicos. Y es respondiendo a estas tendencias, que ha guardado una actitud pasiva y hasta de complicidad a veces, en presencia de los vejámenes que se inferían a nuestros correligionarios de las provincias.
La combinación Mitre-Irigoyen proclamada por la Convención del Rosario, simbolizaba la fusión de los partidos tradicionales, y la predilección de los pueblos de la República por estos hombres de Estado, y la expresión genuina de haberse compulsado lealmente la opinión nacional. La designación de los candidatos era muy satisfactoria, pero lo que más importaba a la Unión Cívica y a la República era que triunfase el programa regenerador aclamado en los meetings del 1º de setiembre y del 13 de abril; lo que interesaba a la República, no era precisamente la elevación de los candidatos designados, sino el cambio de régimen, en política, en finanzas y en administración; lo que el país entero reclamaba y sigue reclamando son gobiernos responsables, honrados y garantías constitucionales, tanto en el orden nacional como en todas las provincias.
La combinación Mitre-Irigoyen, por las cualidades personales de los candidatos y por las fuerzas sanas de opinión que los llevarían al poder, satisfacía las exigencias nacionales y prometía un gobierno de reacción contra los abusos del pasado, sin pactos desdorosos con los directores del antiguo régimen. Era ésta la genuina significación de la fórmula del Rosario.
Inmediatamente de llegar de Europa el general Mitre, apareció ostensiblemente lo que se ha llamado acuerdo entre el candidato presidencial de la Unión Cívica, y el representante del oficialismo, el entonces Ministro del Interior, general Roca, cuya influencia pesa sobre la República desde hace diez años. Esta ligereza para celebrar un pacto tan inusitado sin haberse puesto el candidato en comunicación con el Comité, ni informado de la situación política de nuestro partido, sólo se explica por exigencias de la reacción personalista producida en ciertos elementos de la Unión Cívica, y por preliminares clandestinas del acuerdo, convenidos de antemano por los amigos del general Mitre.
El general Mitre ha declarado repetidas veces, que el acuerdo era sin condiciones, que sus bases fundamentales debían ser la libertad del sufragio para las provincias y el mantenimiento de la fórmula del Rosario, llegando hasta decir a los delegados de las provincias que estaría firme en la lucha, mientras hubiera en algún punto de la República, una libertad conculcada o un principio desconocido.
Los amigos del general Mitre, desde la iniciación del acuerdo, han trabajado sin cesar en el Comité y en las provincias para conseguir mayoría favorable, en la inteligencia de que él importaba eliminación de los candidatura del doctor Irigoyen y la aceptación de un representante del oficialismo en su reemplazo. Con esta conducta abandonaban las provincias a su suerte, pues nada habían pactado en favor de su libertad, olvidaban compromisos solemnes contraídos en la Convención del Rosario, y ratificados en un manifiesto del Comité, después de los preliminares del acuerdo, al mismo tiempo que hacían desaparecer del programa de la Unión Cívica aquel principio que prohíbe toda intromisión del oficialismo en las contiendas electorales.
Celebrado el convenio ad-referéndum resultó que por él se alteraba la combinación del Rosario, aquella fórmula que tanto significaba para la Unión Cívica y para la República -y que se aceptaba la candidatura para vice, de una personalidad designada por el oficialismo. La mayoría del Comité adversa a la conciliación con los hombres del poder, o a un acuerdo que importara la alteración de la fórmula del Rosario-, sostenía que el Comité no estaba facultado para pronunciarse sobre ese convenio, debiendo remitirse a la convención del Rosario. La minoría acuerdista sostuvo la tesis contraria.
El Comité ha deliberado detenidamente sobre el trámite que correspondía dar a ese convenio, aprobando un proyecto que lo remitía a la convención del Rosario, proyecto que fue sostenido en la sesión del 24 del pasado, por los mismos amigos del general Mitre. Se ha publicado la crónica de esta sesión y sólo conviene recordar que con ocasión de ese debate, se ha patentizado una vez más el espíritu moderado y correcto de la mayoría adversa al acuerdo, a la vez que la intemperancia, el propósito preconcebido de los separatistas de dividir la Unión Cívica, llegando hasta rechazar fórmulas que ellos mismos habían propuesto días antes, y a producir el escándalo de la escisión después que el Comité aprobó el proyecto que sostuvieran en la discusión.
La actitud de la minoría al arrogarse la dirección del partido, aprobar el convenio ad-referéndum y decretar la reorganización de la Unión Cívica, no podía ser más grave y contraria a reglas elementales de disciplina política.
El Comité Nacional de la Unión Cívica, donde se encuentran los delegados de casi todas las provincias, asumió la actitud que le correspondía en presencia de los hechos producidos, decretando la separación de su seno y del partido, de los miembros que firmaron las resoluciones indicadas, y la exposición con que trataron de cohonestar su conducta.
Según sus propias declaraciones, la situación actual de la República, no ofrece garantías para una lucha electoral libre y pacífica.
¿Y por qué ? ¿Quién ha suprimido esas garantías esenciales de todo gobierno republicano? El oficialismo al cual se unen y consolidan, con lo que se aleja la esperanza de reivindicar las libertades públicas. Si ellos reconocen la ausencia de garantías constitucionales y la voluntad criminal de mantener este régimen opresivo, ¿cómo se unen, entonces, al poder y admiten de sus hombres intenciones patrióticas para hacer imperar con el acuerdo lo que han violado con el gobierno? Si no gozamos de los beneficios de la libertad, es nuestro deber esforzarnos por conquistarla, con todos los sacrificios de las luchas democráticas, en vez de abrazarnos con los que la vilipendiaron.
Esta es la verdadera exigencia del patriotismo.
Se agrega que el círculo situacionista ofrece una conciliación conveniente, puesto que acepta la candidatura presidencial de la Unión Cívica y sólo exige la vicepresidencia para una personalidad alejada del país hace veinte años. La Unión Cívica no se ha propuesto la elevación de un hombre al poder, sino cambiar el régimen imperante. Este sistema depresivo de la dignidad de los argentinos continuaría apoyado por las situaciones de las provincias, donde imperan con más crueldad los del poder; y en semejante hipótesis, se esterilizarían hasta los buenos propósitos del candidato. Entonces, la conciliación con el oficialismo serviría para mantener y consolidar, lo que se propone destruirla Unión Cívica, con el aplauso del país entero. Ante esta consideración fundamental, nada valen las prendas personales del diplomático, con quien se quiere eliminar al candidato del pueblo. No se debate la honradez de personalidades; se trata de los derechos del pueblo, que a la fuerza se quiere suprimir, violando la resolución de una convención que ha interpretado fielmente la voluntad nacional.
Se afirma también que fuera del acuerdo, no quedarían a la Unión Cívica más soluciones que la guerra o la abstención, imponiéndose, entonces, la política de transacciones, que salva con la paz, los principios, la moral administrativa y las libertades públicas. La Unión Cívica, no ha desplegado bandera de guerra: su programa es de paz. Si el poder pretende impedir a sangre y fuego que el pueblo ejercite sus derechos, no sera éste el culpable de los sucesos que sobrevengan, ni tampoco la alianza con aquél, se armoniza con los deberes cívicos que impone la República a los ciudadanos. Jamás se suprimirían los abusos de un mal gobierno, si por razón de ellos se afirmara el poder; ni se comprende las esperanzas de una reacción administrativa, económica y política, robusteciendo a los autores de la ruina general, y de la opresión en que gimen las provincias. La Unión Cívica quiere y busca la paz, pero a este título no debe exigírsele la servidumbre, sino la tranquilidad que resulta de la armonía del orden con la libertad, que asegura los derechos y las garantías del ciudadano. Esta paz no se afianza fortificando gobiernos opresores, ni es digno esperarla como una gracia: es necesario merecerla, conquistarla a fuerza de sacrificios y conservarla con altivez republicana.
La circunstancia de no haber sido aprobado por el Comité el convenio ad-referéndum, no es más que un pretexto. El Comité, o su gran mayoría, no se consideraba con facultades para aprobar, y resolver lo contrario, habría importado arrogarse facultades electorales, que sólo correspondían a la convención, donde todas las provincias tenían representación proporcional.
La intransigencia que inculpan los separatistas a los que forman la mayoría del comité, consiste en mantener con altura el programa de la Unión Cívica, en ser consecuente con solemnes compromisos contraídos ante el país, y cumplir con lealtad los deberes que nos impone la situación de las provincias.
El Comité no debe mirar con indiferencia la suerte de sus correligionarios; el programa de la Unión Cívica es esencialmente nacional, y establece vínculos de noble solidaridad entre todos sus miembros, que no permiten conformarse con una política llamada de conciliación que ofrece algunas franquicias para la ciudad de Buenos Aires y mantiene la servidumbre en las provincias. La Unión Cívica quiere buen gobierno, garantías y respeto a la ley, para todos los Estados de la República, pues así lo exigen los principios de su programa y el verdadero patriotismo. En esto consiste su intransigencia y su radicalismo.
La política de conciliación, en la forma en que se ha iniciado, se reduce a prometer al país para fines de 1892, la elevación al mando de dos personas honorables; pero persistirá el mecanismo opresivo en toda la República, quedará intacto el funesto sistema que ha producido nuestros desastres; más aún, hará nuevas víctimas, ocasionará nuevas ruinas, porque la maquinaria necesitará funcionar otra vez en la contienda electoral. Y si hemos de juzgar ese acuerdo por la sinceridad de los hombres de la situación que lo han concertado, y por las garantías acordadas a Mendoza, Córdoba y Catamarca, después de sus preliminares, no es aventurado presumir que será fatal para la República, que no se removerán las causas del malestar, ni con él se reconquistará las libertades públicas. Si ese acuerdo hubiera sido aceptado, su primer efecto sería la desorganización electoral de la Unión Cívica, desde que no habría el estímulo de una lucha democrática en perspectiva. Esta desorganización general, debilitaría las fuerzas populares en cada provincia quedando a merced de los gobernantes, que han suprimido hasta la última garantía constitucional.
La Unión Cívica se propuso también, entre sus patrióticas iniciativas, el despertamiento de la vida cívica nacional, adormecida durante un decenio. Habían transcurrido muchos años de calma, de paz inalterable, salvo algunos hechos sangrientos aislados, producidos por intrigas de palacio; el pueblo se había alejado de los comicios, porque en vez del santuario de su soberanía, encontraba allí las vergonzosas celadas del fraude, o la criminales descargas de la fuerza pública.
No había lucha; estaba admirablemente suprimida en todas partes por la acción del gobierno y por la abstención activa del partido opositor; y así en cualquier punto de la República donde se pretendía votar, allí caía la acción del poder en apoyo del principio de autoridad para sofocar las agitaciones democráticas. Así se aseguraba la paz para los gobernantes, y la ausencia del control en la administración pública; se afianzó el despotismo político y ha podido administrar impunemente sin probidad. Con este régimen, con esta paz y con semejantes conquistas, la República, al organizarse la Unión Cívica sentía las primeras angustias de la terrible crisis que la ha conducido al borde del abismo, a la opresión interior y a la vergüenza ante la Europa, a la pobreza dentro de sus fronteras y a la falencia internacional. Este fue el fruto de la supresión de la lucha, de la paz sin libertad, de la muerte del civismo. La Unión Cívica lanzó un grito de guerra contra estos factores de nuestro envilecimiento, proclamando que el ejercicio de nuestros derechos políticos, es el primer deber de un ciudadano, y que la lucha democrática es la primera causa del engrandencimiento de los pueblos. ¿Cómo podría ahora arriar tan hermosa bandera y proclamar la supresión de la lucha, la paz sin derechos, la muerte de ese espíritu cívico que ella ha despertado en el pueblo?
La minoría separatista, que ha roto la unidad de la Unión Cívica para imponer una combinación electoral, sin preocuparse de los pueblos del interior, ha deslindado posiciones, como ella lo dice, entre la Unión y los aliados del poder. No más confundirá el pueblo, aunque en su evolución, aquella minoría conserve un disfraz, el nombre de Unión Cívica, que simboliza en nuestro escenario político, lucha contra los abusos del poder y en favor de la libertad.
No hay, pues, ninguna consideración de bien público, que justifique semejante acuerdo; se trata tan sólo de satisfacer ambiciones impacientes, que por legítimas que sean, deben amoldarse a la corrección de los principios políticos, y subordinarse a los intereses generales de la Nación.
A ese acuerdo lo repudia la moral y las leyes fundamentales que rigen el desenvolvimiento de las sociedades, y por consiguiente, jamás lo aceptaremos.
Conciudadanos: La Unión Cívica tiene que luchar por el triunfo de su programa principista haciendo causa con todas las provincias oprimidas. Mantendrá en alto la bandera enarbolada como enseña de regeneración nacional: no consentirá que se desnaturalice su programa con peligrosas desviaciones hacia el personalismo; y para coronar el triunfo de la causa del pueblo, dirige un llamamiento patriótico a todos los hombres bien intencionados, exhortándolos a formar en sus filas.
En presencia, pues, de la situación que estos sucesos han creado, conviene a los altos intereses de la Unión Cívica que se congregue la Convención del Rosario, sobre la base de los convencionales que permanecen fieles al programa, debiendo los comités de las provincias reemplazar a los que se han ya separado, para fijar rumbos al partido y designar definitivamente las candidaturas presidenciales que sostendremos en la próxima lucha.

Buenos Aires, 2 de julio de 1891. Por el Comité: L. N. ALEM, Presidente; Joaquín Castellanos, Abel Pardo, Carlos A. Estrada, Marcelo T. de Alvear, Adolfo Mujica, Remigio Lupo, secretarios.

Fuente: http://www.ucruruguay.com.ar/news/manifiestodelaunionc.php

lunes, 1 de junio de 2009

Discurso de campaña de Raúl Alfonsín, 30/09/1983 en Cancha de Ferrocarril Oeste

Venimos...(cuidado con los fotógrafos, déjenlos trabajar). Todos nosotros sabemos ... todos los argentinos comprendemos que no estamos en estos momentos viviendo las circunstancias de una campaña electoral común; cada uno de nosotros sabe que no se trata solamente de consagrar una f6rmula; todos sabemos que en lo que realidad se trata es de saber si los argentinos podemos realmente superar esta etapa de decadencia, superar esta inmoralidad que se ha enseñoreado en nuestra sociedad, y transitar juntos un largo camino de paz y prosperidad.

Crisis moral por encima de todo, que hay que superar,y en consecuencia obliga a utilizar también la prédica y el discurso honrado de la autenticidad y de la verdad, que es la prédica y el discurso de la democracia. No se escucharán en las tribunas de la U.C.R., ni una sola frase que pueda esta reñida con la voluntad indeclinable y definitiva de lograr la democracia levantando banderas de uni6n nacional, entre todos los argentinos.

Estamos ante un pueblo que quiere cumplir con su deber, el problema es que la realidad argentina es tan compleja que a veces no atina a comprender cuál es su deber. Esto está señalando una responsabilidad mayúscula de parte de los partidos políticos y de los hombres políticos sin excepción. Tenemos que procurar orientar al pueblo, decir la verdad de lo que pasa, encontrar la manera de ayudar a que haya un comportamiento nacional, para que por encima de las divergencias ideológicas encontremos hoy la respuesta común capaz de dar soluciones en serio a los afligen tes problemas de nuestro pueblo, y a los durísimos problemas que debe enfrentar la nación argentina en su conjunto.

Es por eso la necesidad fundamental de actuar con sinceridad, dejando para minorías absurdas el uso de la diatriba, de la calumnia, de la insinceridad y del manipuleo. El pueblo argentino está maduro para comprender esta necesidad fundamental; solamente parece haber algunos que no han entendido lo que significa la democracia, que no es una competencia bárbara por el voto del pueblo, sino una forma de vida, una filosofía, que nos debe obligar a trabajar por la dignidad del hombre, al que hay que darle libertad y justicia social. Y cuando se pone en marcha un pueblo para ir a la democracia, están claras las reglas del juego: se someten los candidatos a elecciones y a veces se ganan y a veces se pierden.

La U.C.R. a través de su historia se ha sometido muchas veces a elecciones. Ha ganado y a perdido; pero cuando ha perdido no se ha sentido jamás derrotado, porque ha aceptado el lugar que le ha señalado el pueblo para servir a la Nación desde el llano.

Que nadie hable entonces de derrotar en la Argentina y que todos comprendan, y particularmente los hombres de otro partido mayoritario de la Argentina, que a veces se gana y a veces se pierde y que en esta hora difícil de la Argentina, el que con seguridad le va a tocar perder, tiene que procurar servir al pueblo desde el llano.

En definitiva, será, va a ser el gobierno de las mayorías argentinas. En definitiva, vamos a construir entre todos el país que nos merecemos por nuestra geografía y por nuestro pueblo. Yo vengo a explicarles esta noche qué es lo que va a hacer la U.C.R. desde el Gobierno, para superar esta tremenda crisis que padecemos: lo primero, el estado de derecho, el imperio de la ley emanada de la voluntad general, para que todos los hombres sepan inclinarse ante la Majestad de la Ley, y ningún hombre tenga jamás que inclinarse ante otro hombre. División de poderes,para que quien recurra a la justicia encuentre en ella lo que corresponde: seguridad para todos en el juego grande de las instituciones de la República, pero también, democracia cotidiana, la de todos los días, para que el más humilde de los hombres, o de las mujeres, se sienta ciudadano en su patria; seguro de sus derechos, responsable de su libertad y no tenga jamás que ir a hocicar ante el mostrador de ningún burócrata cuando tiene que realizar cualquier trámite.

Dejará la Argentina de andar a contramarcha de la historia; defenderse del flagelo de la subversión terrorista o golpista porque nadie más intenta un golpe gratis en la Argentina. Lo hará en el marco de la ley y en la respuesta cabal a principios de la democracia y en el respeto que corresponde a los derechos humanos sin baños de sangre ni desaparecidos. Seguridad para todos , para que la democracia se entienda como la necesidad de servir al hombre en su dignidad. Y terminemos de una vez para siempre en la Argentina con este flagelo que de alguna manera pesa sobre nuestra espalda, sobre todas, porque no siempre hemos levantado nuestra voz corno corresponde para terminar con él. Yo les aseguro a ustedes que uno de los primeros mensajes que enviaré al Congreso de la Nací6n será un proyecto de ley modificando el Código Penal, para establecer la misma pena al torturador que al homicida, pero acabamos con la tortura en la Argentina. Democracia integral, democracia en todas partes, democracia en las fuerzas armadas, lo que significa la supeditación de los poderes militares a los poderes institucionales. No hay país civilizado en el mundo, cualquiera sea el sistema o el régimen de gobierno donde no se respete este principio esencial, de modo que lo vamos a cumplimentar prolijamente.
Se acabarán los Comandantes en Jefe de cualquiera de las armas. La jerarquía militar terminará en el cargo de jefe de Estado Mayor, y hará un solo Comandante en Jefe de las Tres Fuerzas Armadas el que establece la Constitución Nacional: El Preside e de la Nación Argentina. Lo digo sin consideración peyorativa alguna y sin vanidad, ni jactancia, sino por el contrario, con la humildad que quien en definitiva va a ser un servidor de la Nación, obligado por ello a cumplir con los preceptos constitucionales. Corno lo manda la constitución, vamos a mandar a las Fuerzas Armadas Argentinas. Hay una cuesta muy dura que repechar... hay una cuesta dura ... hay un esfuerzo tremendo que realizar entre todos. Queremos superar todos los antagonismos, no solo entre la civilidad, necesitamos también superar los antagonismos entre la civilidad y las FFAA. Pero necesitamos fuerzas armadas de la Nación, de la Constitución y de la democracia, y no señores feudales que porque tengan algunos galones se crean amos de un pueblo de súbditos.

No vamos a aceptar la autoanmistía, vamos a declarar su nulidad; pero tampoco vamos a ir hacia atrás, mirando con sentido de venganza; no construiremos el futuro de] país de esta manera. Pero tampoco sobre la base de una claudicación moral que sin duda existiría si actuáramos como si nada hubiera pasado en la Argentina. Cada uno de los argentinos comprende y sabe y lo comprendemos y sabemos nosotros y lo hemos reiterado y lo decimos una vez más, porque se ha interpretado capciosamente, falazmente nuestras palabras, diciéndose que pretendíamos dividir a las FFAA NO!

Lo que queremos es que algunos pocos no se cubran la retirada con el miedo. Aquí hay distintas responsabilidades; hay una responsabilidad de quienes tornaron la decisión de actuar corno se hizo; hay una responsabilidad distinta de quienes en definitiva cometieron excesos en la represión. Y hay otra distinta también de quienes no hicieron otra cosa que en un marco de extrema confusión, cumplir órdenes. Esto cualquier juez de la República, cualquier ciudadano argentino sabe que señala increpancia (discrepancia) y distinciones fundamentales en cuanto a los grados de responsabilidad, y de esta manera es como vamos a salir adelante, no con leyes de autoamnistía que igualan en el delito a todos y que hacen que el que tenga mayor culpa se iguale con el que no tenga ninguna. Democracia integral en el país en todas partes; democracia que debe apoyarse y afianzarse en un sindicalismo fuerte, poderoso y moderno, capaz de representar corno corresponde los intereses de los trabajadores, pero también sindicalismo democrático, con participación de las minorías. Desde luego que no quiero sostener cuando hablo de democracia que los dirigentes sindicales no deben tener opinión política, todo lo contrario.

Pero sí recuerdo que la multipartidaria, que naci6 para apuntalar la democracia Argentina, estableció claramente el compromiso de los cinco partidos políticos, de que se iba a trabajar por un sindicalismo independiente del Estado, de la Empresa obviamente, y de los partidos políticos.

Lo que quiero señalar es que la pobreza, la miseria o la enfermedad no se detienen frente del hogar de un obrero para preguntar si es socialista, peronista o radical, entra nomás y no puede haber hijos ni enterrados entonces. Lo que quiero decir es que el Ministerio de trabajo de la Nación no puede convertirse en un comité fraudulento al servicio de las líneas autoritarias del sindicalismo argentino y las comisiones normalizadoras que él designa.

Entablar de inmediato las negociaciones para aportar todos sus esfuerzos al servicio de una interna dentro de un partido político. Lo que quiero decir es que no podemos nosotros considerar lograda la democracia, porque la practiquemos hacia interno de nuestros partidos políticos, olvidándonos de los trabajadores argentinos.

Cada uno tiene que tener el derecho cabal de participar corno corresponde en la organización que más lo va a defender toda su vida activa, que es el sindicato; sin miedos y sin prepotencia ninguna. De eso se trata: solamente a través de la democracia sindical vamos a poder afirmar que cada trabajador de nuestro país sin ningún tipo de incertidumbres ni miedos, incluso a veces a perder el trabajo porque se amañan con la patronal para ser despedido, que está en contra de la oligarquía sindical, pueda actuar en definitiva. Y sobre este logro de todos, la recuperación del Estado de Derecho, el primer objetivo que hemos definido en nuestra plataforma, y en el capítulo correspondiente a economía, no a Bienestar social para que no nos confundamos es combatir la pobreza extrema y la miseria; ustedes saben lo que nos pasa: aquí se ha destruido el aparato productivo de la Nación. Y esto significa un millón y medio de desocupados, semiocupados, subocupados, o trabajadores por cuenta propia, que trabajan un día si y otro no, y han perdido la protección de la seguridad social.

Ese millón y medio de desocupados no es una cifra para ninguno de nosotros; es dolor y angustia de compatriotas, es enfermedad de la pobreza que reaparece con fuerza, en mortalidad infantil, es deserción escolar, y sobre todo es desnutrición grave.

Alrededor de dos millones de compatriotas nuestros, amigos de Buenos Aires, están mal alimentados, subalimentados o con desnutrición grave. Más de la mitad de esos compatriotas son niños, que están sometidos a un verdadero genocidio económico,, porque jamás en su vida recuperarán el nivel intelectual con el que Dios quiso que nacieran, ya que las lesiones que produce el hambre en el cerebro son absolutamente irreversibles.

Yo, cuando acepté la candidatura a Presidente de la Nación por mi partido, hice un solo juramento que lo quiero reiterar aquí, para que cualquiera me lo pueda demandar si no lo cumplo: juré ante la Convención Nacional del Radicalismo y juro acá: Se va a terminar la desnutrición infantil en la República. Vamos a poner en marcha lo que hemos denominado el programa alimentarlo nacional: pan para los argentinos en la tierra del trigo y de la carne, que alguna vez fue llamada el granero del mundo y hoy exhibe centenares de miles de niños, no solamente en las provincias periféricas, que las he recorrido a todas, aquí a media hora de plaza de Mayo, en los asentamientos poblacionales nuevos, aquellos compatriotas que por no poder pagar han debido abandonar sus casas o sus departamentos. Los Hospitales están llenos de niños malnutridos. Será prioridad fundamental terminar con ello.

En otros países hay hambre porque no hay alimentos. Aquí hay hambre porque hay Inmoralidad; aquí porque hemos sometido al trabajador argentino a la Injusticia más irritante que puede sufrir un hombre; al padre argentino a la humillación más grande que puede sufrir: trabajar los 30 días del mes y no alcanzar a ganar lo necesario para llevar el pan a su mesa los 30 días del mes. Se acabó! Vamos a utilizar todos los resortes de la administración del Estado. Tendrá prioridad fundamental la mujer embarazada y el lactante, los niños menores de Carlos y los ;escolares. Vamos a utilizar los centros materno infantiles, las guarderías, los comedores escolares; vamos a trabajar con los gobiernos de provincia y con las administraciones municipales. Vamos a reclamar el esfuerzo de las organizaciones intermedias y de los sindicatos.

Pero se acaba la inmoralidad del hambre en la República Argentina. Vamos a atacar de entrada la desocupación, que en buena medida es causante fundamental de este desastre social que padecemos. Se nos había querido hacer creer a los argentinos que produciendo una transferencia de Ingresos del sector del trabajo ,al sector del capital, se Iba a lograr un aumento de la inversión y con ello el crecimiento de la economía. Absurdo! Porque cuando no hay poder de compra en el pueblo no hay alicientes alguno para la inversión. Nosotros vamos a actuar exactamente al revés. Vamos a aumentar el poder de compra del pueblo, esto aumentará la demanda efectiva, el aumento de la demanda generará la necesidad de aumentar la producción, y para aumentar la producción habrá que tomar nuevos empleados y así vamos a poner en marcha el aparato productivo de la Nación. Pero hay una sola forma, de lograr de entrada un aumento en serio del poder de compra que significa un aumento, no del salarlo nominal, que al día siguiente es absorbido por el aumento de precios. Hay una sola forma de aumentar el salario real, que es terminar con el actual sistema financiero. Se acaba la usura oficializada en la Argentina. Se acaba la patria financiera! El Banco Central decidirá las tasas de interés, orientará el crédito, determinará lineas de redescuento y créditos preferenciales, pero se acabó con la usura en el país. Que una de las consecuencias más inmorales de esta política económica absurda e Inmoral es que el conjunto de las empresas nacionales paga más en gastos de financiamiento que lo que paga en salarlos, incluido las cargas sociales.

La inmoralidad, entonces, es tener que pagar más en intereses, que en el sudor del trabajo argentino. Si bajarnos de manera sustancial los intereses, habrá un ahorro para la empresa, que podrá instalarse a los salarios, sin que esto signifique un aumento de los costos, sino al contrario, la posibilidad de que disminuyan porque al haber más poder de compra va a haber posibilidad de producir más y bajarán los costos unitarios. Es decir, arrancamos de esta forma con un aumento en serio del salario y después debemos protegerlo; hasta ahora habíamos indexado toda la economía, menos el salario; ahora vamos a desindexar la economía y vamos a indexar el salario de los argentinos.

No era cierto que aquí se había aplicado una economía de mercado; Mentiras! se ha aplicado un fascismo de mercado, porque solamente podía llevarse adelante sobre la base de una tremenda represión volcada sobre los sectores populares.

Vamos a invertir absolutamente la tendencia. Vamos a invertir la tendencia, simplemente por sensibilidad social. Lo decimos porque durante nuestro gobierno lo hemos practicado. En su momento, le preguntamos al trabajador argentino, cuánto necesitaba para alimentar a su familia, cuánto para resguardar su salud ,cuánto para educar a sus hijos, cuánto, en fin, para una vida digna y decorosa, y eso fue el salario vital, mínimo y móvil, y desde ese salario construimos todo el andamiaje de la economía argentina, porque queríamos una economía al servicio del hombre, y no el hombre al servicio de la economía. Vamos a hacerlo así, y de esta forma vamos a ir protegiéndolo de la inflación, y mes tras mes procuraremos ir aumentando el salario real.

Yo sería un demagogo absurdo esta noche, amigos de Buenos Aires, si les dijera que de la noche a la mañana vamos a resolver, todos los problemas. No, no es así! Vamos a poder poner de entrada en el bolsillo del trabajador todo lo que desearíamos, no vamos a solucionar todo de la noche a la mañana, pero yo les aseguro de la noche a la mañana, termina la injusticia, termina la inmoralidad, termina la corrupción! Termina la Argentina del desamparo y vamos a vivir todos en la Argentina honesta que quiere su gente, en la Argentina honrada del trabajo, que vaya sepultando como una pesadilla todo este período trágico del reinado de la especulación en el país. Y vamos a trabajar entonces para que el trabajador de nuestro país tenga otro tipo... para que el trabajador argentino tenga una remuneración no monetario, y esto se llama mejor asignación de los recursos, esto se llama mejor asignación de los gastos presupuestarios y fundamentalmente los referidos a la educación y a la salud pública. En la época de lrigoyen, hace más de 50 años, la Argentina destinaba a educación el 25% de su presupuesto total, y en aquel tiempo,escúchenlo bien, que no me equivoco, el presupuesto de la educación apenas alcanza al 8%. El presupuesto de salud pública está en el 2,2%, y el presupuesto de las FFAA supera el 30%. Vamos a volver a los presupuestos que tenía la educación, porque aquí estamos prefigurando una argentina antidemocrática, jerarquizada, porque tengan la seguridad, amigos de Buenos Aires, si no encontramos hoy igualdad en los educandos, será imposible encontrar mañana a los ciudadanos de la democracia.

Y vamos a volver a los presupuestos de educación que existieron durante nuestro gobierno en primer lugar por una obligación moral, porque la justificación filosófica de la democracia pluralista está dada por los esfuerzos que realice para concretar la igualdad de oportunidades, de modo de brindarle al niño que ha nacido en el más pobre de los hogares todas las posibilidades de acceso a los distintos niveles de educación, y de cultura. En segundo lugar, porque es la educación la mejor inversión para el desarrollo, y además también porque es la educación la mejor inversión para la defensa nacional, porque un pueblo educado defiende mejor su soberanía y sus Intereses y sus fronteras, y por eso podemos afirmar que para nosotros es lnfinitivamente más Importante para la defensa nacional la enseñanza militar obligatoria que el servicio militar obligatorio.

Pero no podemos tampoco esperar al resultado, a que los cambios de la política económica comiencen a producir sus consecuencias en el campo de la desocupación; es absolutamente necesario tornar medidas puntuales con el propósito de combatirla desde el primer día. Saben que aquí hay un déficit de viviendas: al rededor de 2 millones de familias argentinas viven en viviendas deficitarias de las cuales por lo menos un millón viven en viviendas absolutamente deficitarias.

Este es un grave daño, es un verdadero flagelo que debemos combatir; y tiene desde luego su entidad propia, pero también la respuesta que a él debemos dar, tiene un eco en la coyuntura, que es secundario pero que es fundamental. Cada 100.000 viviendas económicas que nosotros construyamos, darán trabajo a 300.000 obreros directamente en la obra, o en los industrias que se ponen en marcha, y desde ya, anticipamos que de entrada nomás vamos a utilizar todos los fondos disponibles del FONAVI con el propósito de otorgar créditos que estarán vinculados a las posibilidades del jefe del hogar, estarán en el nivel aproximado del 15% del ingreso del jefe de la familia. Terminaremos con la 1050 en la Nación. Si ese 15% alcanza para cubrir la cuota de capital e intereses, perfecto, y si se salda la deuda antes, mejor. Pero así no alcanza, y a los 25 años del crédito hipotecario, continúa endeudado el trabajador, el Estado saldará la deuda, porque quiero decir que la sociedad lo ha explotado si no ha podido tener su vivienda económica a través de toda una vida de trabajo.

Pero debemos asentar estas respuestas a requerimientos claros y categóricos de la justicia social, no sobre la base del voluntarismo. Es necesario edificar esta respuesta en un aumento de la productividad de la economía argentina.

Por esto, y porque tenemos una deuda fabulosa que hemos contraído y somos el único país de la tierra, que hemos contraído en vez de para capitalizarnos, para destruirnos. Hemos importado manufacturas que producíamos, hemos cerrado las fábricas, hemos hecho cundir la desocupación, y al mismo tiempo nos endeudamos. Hemos permitido que salieran transferencias al exterior de quienes especulaban. Han venido acá capitales golondrinas, a cobrar intereses que no se han cobrado nunca en moneda fuerte en ningún país de la tierra y en ninguna época de la historia. Por eso será bueno que en ese tiempo en el que nosotros nos disponemos a iniciar una marcha grande entre todos para recuperar nuestros derechos y libertades, comencemos pegando un grito fuerte capaz de sentirse en todos los rincones de la tierra, para que todos los pueblos del mundo sepan que aquí en Argentina nos hemos empinado sobre nuestra responsabilidad y jamás en el futuro, nunca más en adelante permitiremos que nadie nos robe ni de adentro ni de afuera.

Es por eso que le decimos a esto que es el resultado de la manifestación más grosera del Imperialismo que no hemos de pagar a la plutocracia de ningún país de la tierra intereses usuarios, que no vamos a pasar la deuda sobre el hambre de nuestro pueblo y que no vamos a aceptar las recetas recesivas del FMI, al estilo de lo que quieren los países de la Trilareal. Vamos a pagar la deuda en la medida de nuestras exportaciones, y es por eso que vamos a reclamar la solidaridad de todas las democracias del mundo, para que se comprenda que quienes fueron temerarios con la dictadura al emprender una política que significó sembrar créditos al voleo y a cualquier interés, no podrán exigir a la democracia, frente a la necesidad de aumentar su crecimiento de la economía, frente a la necesidad de dar satisfacción a requerimientos elementales del pueblo; no podrán exigir que se paguen intereses como ahora, en estos contratos de refinanciación de la deuda de A.A. de más del 10% de la inflación. Vamos a aumentar la producción y en todas las actividades. Queremos establecer un compromiso en negro sobre blanco con los productores argentinos, con el propósito de que todo el mundo realice el esfuerzo necesario para que el país arranque.

Necesitamos un aumento sustancial de la producción industrial y ustedes se preguntarán cómo si no vamos a tener la posibilidad del uso de divisas para la importación de bienes de capital. Es cierto. Pero una de las consecuencias también de esta política inmoral ha sido que en estos momentos nosotros tengamos aproximadamente un 50% de la maquinaria industrial sin utilizar; 50% de utilaje ocioso y corno vamos a modificar el sis tema financiero, vamos a ir con el gerente de Banco al lado ante cada cortina metálica que esté baja para ver cuál es el capital del trabajo necesario y vamos a levantar decenas de día y miles de obreros trabajarán de nuevo por día en la Argentina. Va a haber un correcto sistema arancelario, que va a proteger al industrial de las ventajas comparativas de otros países.

Vamos a suplir las fallas estructurales de la economía argentina, que a veces producen aumentos de costos sin que medie para nada la negligencia del productor. Vamos a cambiar el sistema tributario de modo de alentar la reinversión, porque dejará de basarse sobre los consumos populares y buscaremos que fundamentalmente se aplique sobre los consumos suntuarios y las rentas no invertidas. Va a haber reglas de juego claro con sentido de permanencia en el tiempo, para que el capital de riesgo sepa realmente a qué atenerse; y encontraremos entre todos la manera de definir un régimen de promoción Industrial que sea accesible a la pequeña y a la mediana industria fundamentalmente de agroquímicos y de fertilizantes.

Habrá una planta de fertilizantes nitrogenados, utilizando el gas que estamos venteando; y en cuanto a los fosfatos, utilizaremos a las cooperativas para los convenios de trueque que deberá realizar con los países del Este y de Europa, además de la utilización más modesta de Zapla de tierras grandes. Vamos a lograr que la Junta Nacional de Granos y la Junta Nacional de Carnes estén preparadas para intervenir en el Comercio Exterior, no para monopolizarlo, pero sí para que sean testigos en el comercio exterior del productor y para que la Argentina no pierda buenos negocios, como ha perdido por fanatismo ideológico, porque no se quiso comerciar de gobierno a gobierno. Y a veces no sabemos ahora cuanto nos pagan en realidad, porque apareció un empresario Inteligente que no sabemos con lo que se queda en el camino.

Hay muchos países que quieren negociar de gobierno a gobierno, no sólo los socialistas; en África, en Asia y en América Latina, y tendremos que buscar también la manera de cambiar el tema tributario, de modo de premiar al buen productor y castigar mal productor. Y en todos los casos, detrás de este esfuerzo del productor industrial y del productor agropecuario estará un sistema financiero distinto, con posibilidades de crédito que sean accesibles a la producción, de acuerdo a la rentabilidad de cada uno, porque queremos al industrial en el torno, trabajando para el país y al productor agropecuario en el campo y en el surco elaborando la grandeza de la patria, y no corriendo detrás de los gerentes de Banco para cada vencimiento. Pero no termina ahí todo. Se hace necesario lograr una política agresiva en el comercio exterior. Estamos ante un mundo que sufre una recesión aguda un mundo que no ha crecido el año pasado, que seguramente no crezca este año. Cada uno de los países levanta barreras proteccionistas. Todos están sufriendo de este gobierno de ultraderecha de los EEUU, la puesta en marcha de una política financiera que en definitiva privilegia a las finanzas en detrimento de la producción. De modo que es difícil y tenemos que lograrlo. 1

Hay que diversificar los mercados y habrá que colocar no solamente nuestras materias primas, sino además nuestros productos manufacturados. Y para ello, nada mejor que aprender a trabajar en común con nuestros hermanos de América Latina. Nosotros somos discriminados y aún agredidos en nuestro comercio exterior por el norte, tanto por los EEUU como por el mercado económico europeo. Estamos realmente sufriendo procesos permanentes de deterioro de los términos del intercambio; cada vez nos pagan menos por lo que nos compran, cada vez tenemos que pagarle más lo que nos venden, y ahora competidores nuestros en terceros mercados para la colocación de carnes vacuna y de granos, en contra de la filosofía que preconizan, con productores subsidiarios. Tenemos que aprender a trabajar, corno les decía, en América Latina; tenemos que dejar de ser los soberbios europeos de América Latina, y trabajar juntos con nuestros hermanos para defender nuestros Intereses como corresponde.

Hay que lnternalizar el comercio exterior, hay que trabajar además para cumplir el sueño de los libertadores. Es indispensable que nos demos cuenta que debemos apoyarnos también para los distintos procesos de democratización que debemos llevar adelante; tenemos que terminar con problemas de límites que son tantos y tan graves. Nosotros con Chile, Chile en cierta forma con Bolivia y en consecuencia de alguna manera con Perú, Perú con Ecuador, Colombia con Venezuela, Venezuela con la Guyana por el esequivo; no puede ser más, es absurdo, provoca carreras armamentistas que son una verdadera inmoralidad en países que no han resuelto todavía los problemas del hambre de nuestros pueblos.

Es un lugar común, y a decir amigos, que vamos a recibir a nuestro país en una de las crisis más profundas de su historia. Casi daría la Impresión que son tantos los problemas que los cursos de acción que hay que seguir para solucionarlos fueran distintos y a veces contradictorios. Hay que dar la respuesta que corresponde a la justicia social y hay que aumentar el poder de compra del pueblo, y esto al mismo tiempo que disminuir una inflación tremenda. Vamos a atacar la inflación, pero no haciendo recaer sobre las espaldas del pueblo el esfuerzo de la reconstrucción de la economía. La vamos a recibir en alrededor de un 500% y nos comprometemos en pocos meses a llevarla a 2 dígitos al año.

Pero lo vamos a hacer atendiendo a las medidas estructurales y promoviendo de todas las maneras posibles el aumento de la producción al mismo tiempo que con una disciplina monetaria y fiscal. Tenemos que aumentar los gastos en educación y en salud, pero no podemos aumentar el déficit y entonces corresponderá que la saquemos, saquemos esos partidos de otras zonas del presupuesto, y como no podemos aumentar el déficit, vamos a disminuir el presupuesto de las FFAA en el país. Tengan la seguridad que a pesar de todo vamos a arrancar, vamos a reclamar la solidaridad de las democracias del mundo, vamos a reclamar la solidaridad con la naciente democracia argentina y estén seguros que lo logramos, porque no es cierto que la Argentina esté desprestigiada en el mundo, está desprestigiada la dictadura argentina, pero no el pueblo argentino. Vamos a salir con el esfuerzo de todos, que nadie deje caer sus brazos, que nadie disminuya en un ápice la altura de los objetivos que se ha determinado para el país. Vamos a arrancar, tengan ustedes la seguridad; otros países han atravesado crisis más duras que las nuestras y salieron.

Piensen ustedes en Europa y en la guerra, hoy son nuestros acreedores. Nosotros vamos a arrancar y será con el esfuerzo de todos, con el esfuerzo de la juventud, de la generación intermedia y con los hombres y mujeres de la tercera edad.

A todos les he dicho lo mismo recorriendo la República, y yo les quiero dejar este modesto mensaje de nuevo a los muchachos jóvenes. Comprendan que no están solos; serán la vanguardia de una lucha nueva, de una marcha nueva. Se trata de un rumbo distinto, una marcha con una meta nueva. Y casi diría también con una lealtad nueva. Una lealtad no con el pasado, una lealtad con el futuro que estamos obligados a construir. Un esfuerzo entre todos; yo les he dicho en toda la República que no cometan el error que hemos cometido los mayores. Quien piensa distinto en el pluralismo de la democracia puede ser un adversario, pero jamás un enemigo. No sigan a hombres. Los hombres fallan a veces o no pueden Sigan a ideas. Los principios acompañan toda la vida a un hombre de bien. Quiéranse a sí mismos. No puede querer a los demás quien no se quiere a sí mismo. Pero quererse a sí mismo significa respetarse a si mismo, y para respetarse a sí mismo hay que cumplir con su deber. Cumplir con su deber en el hogar, con el grupo familiar en la escuela, en el trabajo, con sus compañeros.

Es prepararse para cumplir con el deber con la patria, que mañana será el conjunto de los porvenires honrados que ustedes se vayan construyendo con esfuerzo y sacrificio. Es la tarea de todos; es la tarea de los hombres y de las mujeres; de la mujer que tiene esta inteligencia extraordinaria para defender a los suyos y que ahora comprende que la forma de defenderlos es practicando en este proceso de democratización y la vemos rodeando nuestras tribunas como nunca. La mujer que sufre las consecuencias de esta sociedad anticuada y machista que ni siquiera le confiere la posibilidad de compartir la patria potestad de sus hijos. De la mujer argentina que a veces de tan bondadosa le dio el mal consejo al hijo cuando le dijo "no te metas"; es que había miedo y miedo legítimo en la República. Pero frente a este requerimiento de la historia yo estoy seguro que también de tan bondadosa lo tomará de la mano al hijo e irá a la casa de cualquier partido político para decir sencillamente: "aquí estarnos, para defender la democracia de los argentinos".

Esta es la marcha nueva de los argentinos; hemos revalorizado la democracia. Cada uno ha entendido que la única forma de solucionar nuestros problemas es a través de la recuperación de nuestros derechos y nuestras libertades. Cada uno ha entendido que con la democracia no sólo se vota, con la democracia se come, se cura, se educa. Cada uno a entendido que hubiera bastado un solo diputado levantando su voz en el Congreso de la Nación para que estos "nenes de papá" que manejaron la economía hubieran tenido que desaparecer de la Casa de Gobierno.

Tenemos que ser nosotros los constructores de nuestro propio futuro. Cuando no nos mandoneen más, cuando nadie nos mandonee, ni de arriba ni de abajo; cuando nadie presione sobre nuestros derechos; cuando estemos recién convencidos de nuestra posibilidad de ejercer nuestros derechos, y de ser absolutamente responsables de nuestra libertad, allí recién vamos a construir el país que nos merecemos. Tengan la seguridad, será esta la instancia de nuestra marcha, algo nuevo en el país. Superaremos discrepancias. No estamos desafiados fundamentalmente por problemas ideológicos; podemos dejar para más adelante la discusión acerca de los aspectos más sofisticados de la ideología de cada uno. Aquí se trata de poner en marcha políticas de salvación nacional.

Y lo he dicho por todo el país: es tiempo porque estamos frente a elecciones, de levantar y enarbolar las banderas partidarias. Pero también es tiempo porque definimos cien años de paz y prosperidad, de dejar un lugar arriba de todas para que por encima de todas llamee la azul y blanca, hablando del encuentro definitivo de los argentinos. Es tiempo de marchar juntos también lo he dicho también en toda la República, cada uno inspirándonos en lo mejor de nosotros mismos y también en nuestros muertos más ilustres.

Los radicales ya estamos en la marcha, y al frente de nuestra columna. Allá van: Alem, Yrigoyen, Pueyrredón, Sabattini y Lebensohn , Larralde, Balbín, Illia. Los que estén a nuestra derecha pueden Inspirarse si lo desean en Sáenz Peña o en Pellegrini, los demócratas progresistas en Luciano Molina o Lisandro de la Torre, los socialistas en Juan B. Justo o Alfredo Palacios, los peronístas en Perón o en Evita, pero juntos los argentinos para terminar con la dictadura. Es la marcha nueva de los argentinos.

Dentro de poco esto nos va a parecer una pesadilla, un mal sueño. Vamos a enterrar la etapa de la decadencia argentina, vamos a volver a ponerla entre los primeros países del mundo por la riqueza de nuestro pueblo. No va a ser fácil, nos va a costar, pero lo vamos a lograr, y si lo hacemos, amigos de Buenos Aires, que nadie se deje deslumbrar por los resplandores de las glorias del pasado; yo les aseguro a ustedes que si cumplimos con nuestro deber, nuestros nietos nos van a honrar, como nosotros honramos a los hombres que hicieron la organización nacional. Vamos a salir de todo esto, y lo vamos a hacer entre todos, porque vamos a cumplir nosotros, nos toca a nosotros, así lo ha querido la historia, nos toca a nosotros en este Instante histórico fundamental, dar la respuesta que signifique ponerle una bisagra a este tiempo argentino. Vamos hacia el nuevo rumbo, con la nueva marcha, con la nueva lealtad, hacia el futuro los argentinos.

Una marcha presidida por un profundo sentido moral, por un profundo sentido patriótico, para concretar nada más y nada menos que los objetivos del Preámbulo de la Constitución Nacional de los Argentinos, que yo les pido a todos que lo vayamos repitiendo como sí fuera un compromiso al mismo tiempo que un rezo laico y una oración patriótica que ya empezamos a cantar, porque esto significa que vamos dejando atrás la decadencia argentina.

Estamos en una marcha nueva para constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover al bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que deseen habitar el suelo argentino.